Es baja de estatura, sus orejas son enormes. Sus ojos verdes y tristes traducen ansiedad y desconfianza. Es tan delgada que su rostro arrugado habla más de la vida que lleva que de tiempos, sus rasgos duros con pómulos salientes, afean la primera impresión. Complica también su duro español entremezclado con guaraní.
La conocí en la panadería; interrumpió la charla que manteníamos sobre el dineros que Redrado gastó en títeres, yoga, publicaciones y otras yerbas, cuando entró, disculpándose, a pagar 50 centavos que debía de la semana anterior. Pagó y se retiró en silencio con sus hijos en fila india, cual pelotón que perdió una batalla pero no la dignidad.
Ya no pude volver a las aventuras del Presidente del Banco Central, me aparte de la charla e interrogué a la panadera: ¿Quién es? ¿Quiénes son?
Tiene seis hijos, de todas las edades y quisiera tener más. Pasa por aquí todos los martes cuando va a la iglesia.
Vive al borde de un arroyo contaminado, junto a un conjunto de ranchos levantados, con esfuerzo unos y desidia otros, pero todos en las tierras del borde.
Su marido trabaja cuando quiere y puede. Ella limpia casas, cose, cocina, amamanta y cría cuatro gallinas que le aseguran un huevo, día por medio a cada hijo. Al oscurecer cierra puertas y ventanas para evitar los robos de los propios vecinos; soportan calores y olores hasta que amanece. Su relato me recuerda a trincheras de guerra….y quizá lo sea.
Desparpajo, angustia y cierta confusión me llevó detrás de sus pasos. Los alcancé antes que ingresaran al templo.
Nos miramos sorprendidos, enmudecí ¿qué preguntar, qué proponer, para qué corrí?
Ya era tarde, siete pares de ojos me interrogan. Sus ropas son limpias, caseras y prolijas. Todos estudian, los dos mayores ya van a la escuela secundaria; y yo que estaba orgulloso de haber hecho una carrera universitaria bajo un buen techo, estufa y comida. Me sentí un miserable.
“…Les licuo verduras pá que tomen vitaminas, con retazos coso las sábanas, hago quinta pero no es la tierra de mi pueblo y los vecinos no ayudan….”
Le quise ofrecer para el pan “…dame trabajo ché...” nuevamente me sentí indefenso ante la fuerza de ese pequeño cuerpo.
Hoy viene a casa, ayuda en la limpieza, nos transmite saberes y esperanza. No todo está perdido: Hilaria no es Redrado.
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